Algo no anda bien en la economía del desarrollo y la desigualdad en México. No por falta de datos ni de discursos, sino porque, con demasiada frecuencia, los debates giran más en torno al efecto mediático que al intento real por entender, contrastar o matizar lo que ocurre.
Un episodio reciente lo ilustra con claridad: tras la publicación de las cifras oficiales de pobreza 2024, un par de economistas torcieron la ceja. ¿Y si esa caída tan celebrada no era tan contundente como parecía? Señalaron que parte del cambio podría explicarse por cuestiones metodológicas en la medición del ingreso en la ENIGH. Bastó una gráfica, y lo demás lo hizo el ecosistema de siempre: más polémica, menos preguntas.
La réplica, faltaba más, no se hizo esperar. Otro economista acusó a sus colegas de sembrar sospechas infundadas y los mandó, básicamente, a hacer tarea. Cerró su intervención con un zanjazo: el aumento del ingreso es real, y punto. Remató con tono pendenciero, por si quedaban dudas. El intercambio continuó: hubo columnas, tuits, y mesas redondas. Pero incluso ahí, con más espacio y calma, el debate se quedó en la superficie metodológica sin que nadie intentara realmente falsar hipótesis o proponer formas más robustas de responder las preguntas de fondo. Lo que pudo haber sido una conversación fértil se convirtió en otro episodio de comentocracia con datos: más análisis apresurado que investigación sostenida.
Y ese, me temo, no es un caso aislado. Más bien, es síntoma de un campo que, con contadas excepciones, ha perdido la costumbre de la duda y el hábito de la investigación rigurosa. Porque, si hablamos con franqueza —y de forma poco alentadora—, la economía pensada en, desde y para México tiene hoy, con pocas excepciones, una presencia marginal tanto en el diseño de la política pública nacional como en el debate académico internacional.
En contraste, basta mirar hacia Francia, donde recientemente se debatió la propuesta de imponer un impuesto a los multimillonarios —el llamado “taxe Zucman”, por el economista Gabriel Zucman. La propuesta no prosperó, pero lo relevante es cómo se dio el debate: construido sobre años de investigación rigurosa y datos comparables. Cuando el reciente Nobel Philippe Aghion la criticó, no usó descalificaciones ni frases tajantes, sino modelos alternativos y voluntad de discutir supuestos. No se trató de ganar el argumento en una columna, sino de someterlo al escrutinio de pares. La diferencia con el caso mexicano es abismal.
Este texto no es un llamado a importar saberes ni una oda a las credenciales extranjeras. Tampoco pretende pisar callos ni repartir culpas —aunque a quien le quede el saco, pues que se lo ponga. Sí es una provocación, porque parte de preguntas incómodas: ¿por qué no hemos sabido exportar nuestros saberes? ¿Por qué parece que siempre estamos importando agendas, y casi nunca generando argumentos que otros puedan adoptar para entender sus propias realidades?
Este texto es, además, una apertura. Una invitación a sumarse a un nuevo espacio que busca divulgar conocimiento económico riguroso y relevante —hecho dentro o fuera de México, por mexicanas o no, enfocado en el país o en otras realidades— pero que sirva para pensar los problemas y las políticas de desarrollo y desigualdad que nos atraviesan.
La disciplina de economía: evidencia desde México
La mayor parte del conocimiento que se produce en economía en México es, previsiblemente, sobre México. Eso no es bueno ni malo: simplemente es. Pero hay, al menos, un par de problemas en cómo se produce ese conocimiento y un reto pendiente: ¿cómo convertir nuestros estudios en ventanas que iluminen preguntas más amplias, y no solo en espejos que replican marcos ajenos?

En otras palabras: ¿cómo logramos que los fenómenos que observamos aquí —tan ricos en matices económicos, políticos, sociales y culturales— no solo sirvan para aplicar metodologías existentes, sino también para tensionarlas, enriquecerlas o incluso construir nuevas? México no es una nota al pie del desarrollo global. Es —o debería ser— un punto de partida para teorizar, para refutar, para imaginar.
Ahora bien, eso no implica que aplicar marcos establecidos sea en sí un error. Muchas contribuciones importantes han partido de métodos desarrollados en otros contextos y los han adaptado con creatividad al caso mexicano, generando hallazgos valiosos. El problema no es ese.
El problema es cuando este trabajo se vuelve mecánico: cuando es un ejercicio de recetitas que no intenta decir nada nuevo. “Hay que aplicarlo a México y ahí vemos qué sale”. Una hipótesis que funcionó en Estados Unidos o en Suecia se quiere traducir mecánicamente al español, se le agregan unos datos de la ENIGH o la ENOE, y se ejecuta la rutina estadística. El subtítulo típico: Evidence from Mexico o A developing country perspective. Y listo: nuevo artículo para el CV. A veces se publican tres o cuatro papers que podrían haber sido uno solo. Se ordeña un tema sin aportar respuestas nuevas ni más profundas.
Y cuando se da ese ejercicio mecánico, se deja de lado lo más interesante: la posibilidad de decir algo que trascienda el caso en turno. Así, sostengo, el mal mayor es que pocos estudios intentan convertir los fenómenos mexicanos en lecciones generales. Es decir, casi nadie formula preguntas que, partiendo de México, puedan iluminar realidades más amplias. Casi nadie convierte a México en una ventana, en lugar de un espejo. Así, la disciplina se mira el ombligo. Se vuelve autorreferencial.
Y este es un problema transversal. Lo padecen investigadores en universidades públicas y privadas, incluso en aquellas que se jactan de ser las mejores del país. También aquellos que siguen un caminito casi marcial de formación —licenciatura en cierta universidad, trabajo en cierta institución, una maestría específica, un doctorado “con credenciales’”— muchas veces aportan poco o prácticamente nada.
¿Por qué? Hay muchas hipótesis. Una es que muchos intentan seguir recetitas, sin demasiada creatividad ni innovación. Otra es que quizá sea la herencia de esa vieja retórica de resolver “los grandes problemas nacionales”. También hay causas estructurales: un sistema de incentivos que premia la cantidad sobre la calidad, o el juego del “intelectual público” que opina de todo pero investiga poco. O, más simple aún, quizá muy poca gente tiene el tiempo, quizá los recursos, quizá la voluntad, para investigar con rigor y comunicar con claridad.
A esto se suman las barreras. Investigar y publicar desde México no es fácil. Hay obstáculos políticos —basta mirar el debilitamiento de los centros públicos de investigación o la eliminación de los institutos de evaluación—, y hay también trabas propias del sistema académico y de publicación. Sí, es difícil posicionar un tema desde México. Pero también lo es desde la India, Uganda, Colombia o incluso países con mayores niveles de desarrollo. No estamos solos en esa batalla.
El problema de fondo no es querer entender el “caso mexicano”. Es que, al hacerlo, solemos ignorar la riqueza de fenómenos económicos, políticos, sociales y culturales que este país ofrece. Estudiemos a México con preguntas que puedan decirle algo a nuestra realidad y al mundo. Con la ambición de que nuestras investigaciones no solo expliquen lo que pasa aquí, sino que ayuden a pensar cómo funcionan las cosas allá afuera.
Ni opinología ni culto al dato: simplemente economía
La economía, como disciplina académica, tiene muchísimo que aportar a lo que se discute, lo que se propone y lo que logramos aprender sobre esta realidad compleja —llámese México, América Latina u otras latitudes.
Lo anterior es aún más cierto en un país donde lo que sobran son opiniones y, como he escuchado de un mentor, muchas personas son alérgicas a decir “no sé”. En México abundan las horas de opinar, muchas peras y manzanas con escaso contenido nutritivo, demasiado profesor-investigador más atento a su columna semanal que a su producción académica o a su servicio docente; artículos de otrora “especialistas”, hoy “analistas de datos”, que ignoran por completo las hipótesis alternativas, y una sobredosis de tuits escritos a velocidad de indignación.
No es que falten datos. Es que faltan preguntas, hipótesis, mecanismos, criterios para descartar explicaciones alternativas, intentos de falsificación o, al menos, un poquito de duda. Lo que se presenta como “evidencia” muchas veces son datos Excel —o, si nos ponemos elegantes, en R— sin preguntas que permitan contestarse de forma clara, sin una pregunta clara que los justifique. Y aunque describir un problema con datos es necesario, es ahí donde la economía, como disciplina, tiene que hacer la diferencia.
Abro un paréntesis necesario. Más allá del debate estéril sobre si la economía es ciencia o no —al que varios autores han contribuido con muchos refritos y sin un entendimiento claro de la disciplina—, vale la pena dejar algo claro: la investigación económica no es apolítica. Cada quien investiga desde un lugar. Tenemos preferencias, ideologías, contextos… vaya, incluso un corazoncito.
Un artículo reciente de Zubin Jelveh, Bruce Kogut y Suresh Naidu lo muestra con datos: la economía, por más que aspire a ser “científica”, no está libre de sesgos ideológicos.[1] Analizando textos completos de artículos académicos, los autores estiman la orientación política de miles de investigadores en economía y encuentran una diversidad ideológica considerable. Pero no solo eso: esa orientación predice —sin necesariamente causarla— el tipo de temas que investigan. Quienes están más a la izquierda suelen estudiar desarrollo, educación o desigualdad; quienes están más a la derecha, finanzas, macroeconomía o comercio. El mapa ideológico importa.
Pero hay un resultado aún más ilustrativo en ese estudio, que me ayuda a cerrar esta pinza entre economía, opinología y análisis de datos. Imagine, lector, un ejercicio mental: se le pregunta a un opinador profesional —de esos que nunca dudan— cuál debería ser la tasa óptima del impuesto sobre el ingreso laboral para maximizar la recaudación, permitir la redistribución y no desincentivar el trabajo. Alguien con ideas libertarias respondería de forma fácil: “cero por ciento, que no se quite nada”. Alguien con ideas en extremo colectivistas diría con igual facilidad: “cien por ciento, que se recaude todo y se redistribuya”. (Los científicos de datos, por su parte, se limitarían a compartir una gráfica en ggplot y una paleta de colores discutible).
Ahora bien, cuando esa misma pregunta se plantea a economistas con posiciones ideológicas identificables, el panorama es muy distinto. Según el estudio, incluso el economista más conservador recomienda una tasa del 52%, y el más progresista, una del 84%. Ambos muy lejos de sus respectivos extremos ideológicos.
Esa, creo, es una de las virtudes de la disciplina: no es que elimine el sesgo, pero sí obliga a someterlo al juicio de los datos, del análisis, de las restricciones empíricas. Obliga a pausar, dudar, contrastar. A decir, al menos una vez: “no sé, déjame lo pienso”. Nos exige ir más allá de las respuestas fáciles.
Investigar bien lleva tiempo. Presentar una idea en un seminario donde uno va a enfrentar aquellos puntos débiles de sus argumentos. Ser cuestionado. Revisar los datos. Volver a hacer el análisis. Repensar la interpretación. Dudar. Reescribir. Mandar a revisión. Revisar. Esperar. Corregir. Publicar. Volver a pensar de nuevo. Ese proceso es, por definición, lento. No va al ritmo de lo que demanda la opinología actual. Pero no por ello tiene que ser inaccesible.
SURCOS: un espacio para compartir pensamientos con evidencia
Hay mucha investigación de alta calidad en economía del desarrollo y la desigualdad que se produce desde, sobre y con relevancia para México. Esta crítica no niega su existencia ni busca invalidarla. Al contrario: mi apuesta —espero no demasiado naif— es que esta provocación, esta invitación, sirva para impulsarla, visibilizarla y multiplicarla.
Por eso nace esta sección de Desarrollo y Desigualdad en SURCOS. No para sumar otra columna de opinión, ni para repetir la cacofonía de siempre en los mismos medios con la misma gente de siempre. Nace para ofrecer un canal a quienes han dedicado tiempo —años, incluso— a estudiar un tema, y quieren contarlo más allá del paper académico.
Queremos divulgación, sí. Pero no pasaditas por encima, como hacen ciertos medios. Buscamos textos claros, pero rigurosos. Que partan de una investigación sólida —idealmente publicada, en revisión o discutida en seminarios donde se aceptan preguntas incómodas— y la conecten con una preocupación pública concreta. No estamos traumados con la idolatría a las revistas top 5, ni con otros males tan esparcidos en la profesión. Queremos investigación que aporte, que innove, que nos permita dudar, o ver un ángulo que antes no habíamos entendido.
Algunos lectores quizás conozcan otros espacios de divulgación económica como VoxDev, VoxEU, Ideas for India o Nada es Gratis. Todos valen la pena. Pero nosotros no buscamos “resúmenes” ni divulgación light. Buscamos reflexión. Contexto. Argumentos. Dudas, incluso. El debate y la provocación son bienvenidos. El humor es opcional, pero siempre ayuda.
Este espacio es para quienes creen que pensar con calma sigue siendo urgente. Para quienes saben que el conocimiento no necesita pasaporte, pero sí un método que nos permita dudar y volver a dudar hasta estar seguros de lo que decimos tiene algún sentido. Para quienes no quieren pedir permiso para pensar, pero tampoco quieren copiar y pegar lo que piensan otros.
Este espacio —como el desarrollo que queremos— apenas comienza. Ayúdanos a pensarlo mejor.
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¿Tienes algo que decir?
Si estás investigando temas relacionados con el desarrollo o la desigualdad y quieres compartir ideas más allá del paper académico, este espacio es para ti. También queremos escuchar a quienes, sin ser autores directos, conocen bien investigaciones relevantes y pueden ayudarnos a contarlas con claridad y sentido público.
Escríbenos. Estaremos encantados de recibir propuestas y, tras un proceso editorial cuidadoso pero amable, publicar textos que nos ayuden a pensar mejor. Entre más personas. Con más preguntas. Con menos prisa.
[1] Zubin Jelveh, Bruce Kogut, Suresh Naidu, Political Language in Economics, The Economic Journal, Volume 134, Issue 662, August 2024, Pages 2439–2469, https://doi.org/10.1093/ej/ueae026
