Oh tierra natal, perdóname, yo aún soy el necio
que aplaude a ese Dios de las equivocaciones
y te huye
José Watanabe
I
El domingo a mediodía partimos de esta ciudad que se caía en aguacero. Las lluvias, impredecibles con su furia, nos sorprendieron apenas entramos en la carretera rumbo a Michoacán. Justo al dejar atrás el Estado de México, el camino se abrió a los campos extensos atravesados por el asfalto. Era la primera vez que yo manejaba por estos rumbos, acompañada por Mau como copiloto y compañero de trabajo. Íbamos camino a Morelia para colaborar en el proyecto doctoral de David, estudiante en la Complutense de Madrid en colaboración con el INAH, haciendo encuestas en las comunidades alrededor del lago de Cuitzeo.[1] Sobre el arcén observé a la gente vendiendo fresas y duraznos. Mi abuela era de un pueblito de por acá, le comento a Mau, también vendían fresas; se llamaba Apeo.
—Apeó — escucho que me dice, como resorte, al tiro.
—No, no: Apeo, sin acento —.
Por el rabillo del ojo me asomo a ver el mapa que me señala Mau en ese momento. Cruzando la carretera, en dirección contraria a nosotros, ahí está: Apeó o Apeo, como sea que se haya confundido el nombre después de generaciones. El pueblo de mi abuela María; el pueblo de las fresas vendidas al borde del camino; el pueblo del que salieron María, su hermana Argentina y otros más; el pueblo al que viajaron mis tíos y mi padre en su infancia; el pueblo al margen de las vías del tren. Nunca imaginé estar tan cerca; ni siquiera había pensado cruzármelo tan azarosamente. Desde la muerte de mi abuela, hace casi quince años, había soñado con el pueblo como quien busca el rumor de un río.
Escucho que Mau se emociona conmigo por esta serendipia y me propone pasar de regreso. Me aferro a la promesa como quien a su convicción ingenua: no sabía que me faltaba algo.

II
La región del lago de Cuitzeo se encuentra al norte del Estado de Michoacán, colindando con Guanajuato. Servía como frontera natural del territorio purépecha, el imperio que resistió tanto a los mexicas como a los españoles. Se considera el segundo lago más grande de México después de Chapala, con una extensión de casi cuatrocientos kilómetros cuadrados. Después de tres horas de viaje, vislumbramos el lago a la distancia: un espejo amplio y extendido, cuya luz se confundía con el verde de los pequeños montes a su alrededor. Caía una señal de lluvia y las nubes dieron premonición de tormenta. Seguimos nuestro camino hasta Morelia. Al llegar, organizamos la semana que se avecinaba: cuántas encuestas hacer por día, cuántas comunidades visitar para recorrer el mayor número posible de localidades posible. Además, resolver qué comer, qué cocinar, cuánto gastar.
Le escribo a mi padre para contarle que cruzamos por el pueblo de la abuela sin detenernos. Le pregunto si aún queda algún familiar con vida a quien pudiéramos visitar. Me recomienda escribirle a mi tío Pepe, su hermano mayor; seguramente él sabrá esos detalles. Pero insiste en que la situación sigue muy caliente, que la inseguridad azota la región como a todo Michoacán, y que deberíamos terminar las encuestas y regresar a la Ciudad de México lo más pronto posible.
Esa noche me voy a dormir pensando en la abuela y en la última vez que la vi sonreír: sus manos pecosas me enseñaban un chupito de tequila y me decía “yo como el caballito, feliz”.
El primer día de trabajo visitamos unas comunidades al norte del lago y en la región de Cuitzeo del Porvenir. Pronto nos damos cuenta de que perseguimos la idea de un lago que se nos escabulle, que se convierte en cosas distintas cada vez que cambiamos de localidad. ¿Cree usted que el lago se está secando? ¿Esto afecta a la comunidad y a sus costumbres? El sentido del patrimonio era elusivo, una palabra extraña que se nos escapaba. La gente nos hablaba de un lago que fluctúa, que desaparece y regresa con las lluvias; de un lago que deja de existir frente al calor, la contaminación, el uso del agua para sembradíos de hortalizas y el sostenimiento del ganado. Pero, sobre todo, por una razón que se nos escapa a todos. ¿Qué significa que un lago desaparezca poco a poco? ¿A dónde se va el recuerdo del agua? ¿Qué quedará del tule, del charal, de la garza? La verdad no sabría decirle por qué se está secando, señorita.
Le escribo a mi tío Pepe por WhatsApp, preguntándole si todavía tenemos familia en Apeo. Le mando la ubicación que encuentro en internet: ¿es aquí? Pero no tengo señal, así que el mensaje llegará mucho después.
Una parvada de golondrinas sobrevuela cada pueblo. Observo sus cuerpos en forma de horquilla, azules contra la luz del sol que logra asomarse entre las nubes que no paran de amenazarnos. Recuerdo a una vieja vecina con la que crecí. Solía contarnos que antes, en nuestra calle, se podía ver el vuelo de las golondrinas, y más noche, el de los murciélagos del pedregal. Tuve que esperar varios años para ver por primera vez una golondrina, pero sé que las imaginé desde la infancia gracias a la memoria de aquella mujer. Abría los ojos al cielo e intentaba concebir un firmamento habitado por criaturas que habían dejado de existir.
¿Qué será imaginar un lago cuando ya no exista? ¿Dónde quedan los recuerdos de lo perdido? Mi papá nos contaba que cuando era niño el lago se secó completito, desapareció. Por eso pienso que ahora está bien, aunque el año pasado casi se queda vacío.
III
Leo: «A partir de la conquista ya no existirán más las “cuatro partes del mundo” concebidas a partir del centro de la cosmovisión tarasca: el lago de Pátzcuaro. (…) Las nuevas orientaciones territoriales tendrán, de aquí en adelante, un fuerte contenido europocentrista. (…) La etnia p’urhépecha, al igual que las demás mesoamericanas, pierde así su identidad territorial en varios sentidos: como referente geográfico, como propiedad divina y como escenario de una cosmovisión plural. Le queda, de cualquier manera, su apego al terruño, su cotidianeidad y sus vivencias que la ligan a un territorio específico, ocupado de facto por la etnia, por “nosotros”, aunque no reconocido de jure, desde afuera, por los “otros”.»[2]
En el segundo día de trabajo visitamos las comunidades en el extremo suroriente del lago. David nos explicó que estas tierras se le ganaron al agua hace décadas: rellenos de tierra destinados al sembradío de hortalizas. Acá nos damos cuenta de que la prioridad es más que nada la falta de empleo: la gente nos cuenta que muchos se han ido al norte para buscar un mejor futuro. Lo que sí es que a las fiestas patronales viene poca gente, porque muchos migraron. Había más negocios, pero la gente se empezó a ir. Todo esto afecta a la pesca, llevamos seis años sin poder pescar. También por la carpa criolla que se come a los otros peces. Lo sé porque mi esposo es pescador.
El cielo se cae a mediodía y no para de llover hasta bien entrada la tarde. Llegamos a un pueblo donde sólo logramos entrevistar a dos personas. Las calles se vacían, pero en la plaza principal juegan unos niños. Mi tío me responde: sí, aún vive un hermano de Tina; se llama Jeremías. Me manda indicaciones precisas por mensaje para llegar desde Maravatío y me comparte el número de Cecilia, la esposa de Jeremías.
Nos movemos a las últimas dos comunidades que nos quedan para ese día, con la esperanza de tener mejor suerte. Nos gustaría que se resolviera lo del empleo porque muchos tienen que irse a otros lugares. Año con año el rancho se coopera para las fiestas, pero con lo del lago nos han dejado solos. Nos daban siete mil seiscientos pesos al año, pero con eso no se puede vivir, usted dígame si es justo. Por eso mucha gente tuvo que emigrar.
Aprovechamos para acercamos a la orilla del lago. Una pared de tule se yergue como una barrera natural entre el borde de la comunidad y el agua. De aquí para allá, el lago crece poco a poquito con la lluvia que cae sobre nosotros; de allá para acá, la incertidumbre, la posibilidad. Sentimos una impotencia muda entre nosotros, las irrefrenables ganas de hablar con la gente y quedarnos más tiempo. Pero la tarde cae y es hora de irse antes de que anochezca.
IV
Cuando las golondrinas hacen su nido, regresan siempre al mismo lugar. Cada primavera, cruzan miles de kilómetros para volver al lugar donde nacieron, no importa si su nido ha sido destruido por la naturaleza o por el hombre. Es el inicio del verano y en todas las comunidades observo el vuelo de las golondrinas: aparecen en el camino y se clavan sobre la carretera, como jugando a la muerte, para después impulsar su vuelo hacia los tejados. ¿A dónde irá, veloz y fatigada, la golondrina que de aquí se va? Pienso en la canción mexicana “Las golondrinas”, compuesta por Narciso Serradell a finales del siglo XIX y popularizada por Pedro Infante. El ave se vuelve símbolo de la nostalgia por la tierra natal: deseos de ser golondrina, de convertirse en una despedida lanzada con dolor por alguien que se va para no volver:
Oh, si en el cielo te mira angustiada
sin paz ni abrigo que la vio partir
junto a mi pecho hallará su nido
en donde pueda la estación pasar
También yo estoy en la región perdida
¡oh, cielo santo!, y sin poder volar
Según el INEGI, Michoacán de Ocampo tiene un porcentaje del 93.7% en población emigrante internacional a los Estados Unidos de América.[3] Este y muchos otros datos parecen inscritos en la pulcritud de la estadística: sabemos que existen, sabemos que son reales. Pero, sobre todo, sabemos que son números vivientes: el día a día de muchas familias mexicanas. Quizás la mayoría de las personas tiene una historia inscrita en la migración: desde el familiar que se fue al norte, hasta quienes salieron de un estado a otro para hacerse una mejor vida. Las comunidades que visitamos no son la excepción, sino la regla: pueblos donde escasean los niños porque ya mucha gente se ha ido; pueblos donde las remesas son visibles en las nuevas fachadas, en los negocios bullentes frente a las iglesias coloniales; pueblos quietos a los que la gente regresa buscando un origen después de haber pasado buena parte de su vida adulta trabajando en el gringo. Las fiestas han cambiado porque mucha gente de Estados Unidos viene a festejar acá y ya no es lo mismo: mucho alboroto, mucha fiesta, ya no es como antes que todo era muy modesto. Vienen a gastar en la fiesta, a divertirse. Pienso que viven de lo que les contaron, de los recuerdos que les compartieron, buscando algo. Pero la fiesta no es sólo para emborracharse y bailar, también era para pedir gracias a la tierra y a los agricultores. Es un momento para pensar esas cosas. ¿A dónde se va la memoria de un lago cuando se vive lejos?
Decidimos parar en una comunidad que se llama Congotzio. Ahí entrevistamos a una pareja que limpiaba su cosecha de frijol: Mucha gente se tuvo que ir. Porque la mera verdad, ¿para qué se quedaban? El campo ya no da como antes, no te pagan lo que vale y entonces te desanima. Ya no te quieren comprar si lo vendes a lo que vale y se te queda, echándose a perder. A mí se me quedó el año pasado toda mi cosecha de cebolla y ya no la pude vender. Entonces uno se pregunta: para qué, ¿verdad?
La gente luego piensa que venimos del gobierno y desconfía de nosotros. O bien, cuando les preguntamos qué les gustaría que cambiara, responden con cansancio: Unos vinieron a preguntarme por mi maíz, que qué variedad tengo, pero yo les digo de qué me sirve eso, mejor que resuelvan lo del empleo, la inseguridad.
Más adelante, unos señores descansan al pie de su troca; uno de ellos sostiene a su nieto, de apenas unos cuatro años. El lago se secó y entonces llegó el polvo: un polvo pequeñito, bien latoso, y nos llenó los pulmones de enfermedad. Mucha gente se enfermó cuando se secó el lago y hasta los sembradíos se llenaron de polvo y de plaga. Primero Dios se llene con las lluvias que están cayendo ahorita, y entonces si ustedes regresan en diciembre van a ver que hasta aquí llega el lago. El señor más joven señala: Ahí donde ven el poste de luz, hasta ahí llegaban las olas. Ahora puro pasto y se extiende hasta allá, miren, bien lejos; territorio de vacas y caballos. El nieto le dice algo al señor y entonces se despiden. Se alejan caminando por la calle, entrando en lo que alguna vez fue la ribera del lago. Me imagino el sonido del viento pegando contra la marea, los pescadores anclados, el bullicio de un embarcadero.

Congotzio, Michoacán. “Aquí se hacían olas”. Fotografía: Diana Galván
Aunque estamos cansados de tanta encuesta, nos gusta platicar con la gente. A pesar de que algunos desconfían de nosotros, la mayoría es de una bondad inmensa. Agárrese una tortillita, ándele, úntele unos frijolitos, sin pena. La tortilla es de maíz local, blanca y deliciosa. Compramos unos buñuelos pensando regalárselos a mi familia cuando pasemos por Apeo. A mitad de la jornada, me habla por teléfono mi tío para recordarme que debo llamarle a Cecilia con la marcación del estado de Michoacán. Pero no te preocupes si no la encuentras, todo mundo se conoce. Diles que eres hija de tu padre, y no olvides el apellido Espinosa.
V
Esta no es la historia de un lago. Es quizás apenas el rumor de un lago que languidecía. Esta no es la historia sobre la gente que vivía alrededor del lago. Para eso, estorban mi cuerpo y mi mirada, de las que no puedo escapar. Quizás es sólo la impresión que las palabras de aquella gente causaron en mí: lo poco que yo pude platicar, lo mucho que pudieron compartirme.
La última noche me pongo a pensar que la historia de la humanidad ha sido una de cambios y continuidades. Más que nada, de movimiento: hacia dentro, hacia fuera, hacia lo más recóndito del pensamiento. Estas ciudades y pueblos que vemos no son sino producto de siglos de intercambio humano; así seguirá siendo. Las fronteras imaginarias jamás podrán pararlo. Nunca lo han hecho. Toda persona es un punto de llegada y de partida, pisadas a cuestas y venideras. ¿El lago se va contigo cuando te vas?
Esa misma mañana le había marcado a Cecilia. Hola, Cecilia. Me llamo Diana Galván y soy hija de Marcelo. Respondió la voz de una joven que me dijo estar equivocada. Decido dejarlo a la suerte.
A la mañana siguiente, partimos temprano rumbo a la Ciudad de México. Pero antes hacemos unas últimas encuestas en San Agustín del Maíz y terminamos saliendo al mediodía. Cuando el lago deja de ser visible desde la carretera, me pregunto en qué se convertirá la próxima vez que lo vea. ¿Seguirá existiendo? ¿Regresarán el charal y el tule a orillas del lado occidental?
En la carretera no puedo contener mi emoción. Sin esperarlo, la promesa hecha al inicio del viaje parece darle al recorrido un final redondo, completo. ¿Cómo serán aquellos familiares que se quedaron? ¿Por qué nunca los he conocido? ¿Qué encontraré en aquella casa al lado de las vías del tren? Y de pronto, como jugada traviesa del destino, nos equivocamos de salida y ya no hay vuelta atrás: tardaríamos una hora y media en encontrar el siguiente retorno, más lo que nos tome llegar hasta allá. No puedo dar media vuelta porque nos esperan en la ciudad para un compromiso y los tiempos no cuadran. La promesa se resquebraja con esa facilidad: no sabía que algo podía faltarme tanto.
Mientras lloro en silencio, Mau me consuela. Pero otra cosa le gana a mi frustración: el hambre. ¿Me pasas una tortilla o algo que tengamos por ahí? Mau busca entre las cosas a la mano, pero guardamos toda la comida en la cajuela. Quedan los buñuelos que pensábamos regalarles a Jeremías y Cecilia, con su moño patético de celofán. Al final me río, aguantando las ganas de llorar.
Esta no es la historia de un lago, ni siquiera la historia de la gente que vivía alrededor de él. Tampoco la de la golondrina que regresó a buscar su nido y encontró muros sin balcones y mucho silencio; ni la del tule y sus petates, que dejaron de fabricarse; ni la del pescador que tuvo que volverse albañil. Quizás es sólo un recuerdo de aquella vez que estuve cerca de regresar al lugar que vio nacer a María, mi abuela, y la forma tan fácil que fue perderse en el camino.
[1] La investigación doctoral a cargo de David Antonio Torres Castro lleva el título siguiente: “Evaluación integral de la vulnerabilidad del patrimonio cultural ante efectos del cambio climático, como herramienta para una conservación y gestión sostenibles en México: el caso del patrimonio de Cuitzeo, Mich.” Esta investigación forma parte del programa doctoral de Geografía de la Universidad Complutense de Madrid, en conjunto con el Instituto Nacional de Antropología e Historia.
[2] Vargas Uribe, Guillermo. “Percepción de espacio y conquistas territoriales de los purépechas prehispánicos, según la Relación de Michoacán de 1541”, 408. En Historia y Patrimonio Cultural. Memoria del 56° Congreso Internacional de Americanistas, coordinado por Manuel Alcántara, Mercedes García Montero y Francisco Sánchez López. Universidad de Salamanca-Instituto de Iberoamerica, 2018.
[3] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID), 2018. https://www.inegi.org.mx/temas/migracion/

Muy interesante
Me gustó mucho el texto. Me gustó imaginarlo todo.
esta historia debe tener un segundo fin y ojalá sea pronto.
FELICIDADES!!
Me dió mucha risa esa interacción con Mau en la primera parte.
Ojalá que las lluvias bíblicas de este año hayan llenado el lago.