No, no eres tan libre como piensas. La estructura económica está diseñada para que tengas las suficientes libertades como para que no sea evidente su control, pero, en el fondo, no siempre puedes elegir la mejor opción para tus servicios básicos. Muchas veces no te ofrecen los productos de mayor calidad y, peor aún, puede que ni siquiera consigas lo que necesitas.
La libertad no es un estado fijo; es un espacio frágil y cambiante. Hoy la tenemos, mañana podemos perderla. Podemos sentirnos libres ahora, pero eso no garantiza que en el futuro sea igual ni que en el pasado lo haya sido. Lo mínimo que deberíamos ser capaces de hacer es reconocer esa fragilidad. Sin embargo, la estructura económica vigente nos engaña: nos ofrece alternativas que parecen elecciones reales, mientras un grupo reducido de personas opina, promueve —y a veces diseña— las reglas del juego económico para enriquecerse a costa de nuestra falta de libertad.
Detectar nuestras libertades empieza con observar y desafiar a la cotidianidad. ¿Por qué ciertos sectores están dominados por una o unas pocas empresas? ¿Es normal que alguien pueda fijar el precio de una medicina esencial sin mejorar el producto? Si todos somos libres de competir, ¿por qué la estructura económica siempre termina favoreciendo a unos cuantos?
Vivimos en una especie de burbuja: dejamos de cuestionar el ejercicio de nuestras libertades y, en ese descuido, permitimos que la competencia económica se deteriore. Surcos surge como un espacio para informar, reflexionar y proponer cómo podemos ejercer y preservar nuestra libertad económica, abriendo espacios para desafiar la normalidad y combatir las conductas nocivas que afectan a todos, pero especialmente a las personas más desprotegidas.

Las conductas anticompetitivas dañan a la sociedad entera, pero son particularmente crueles con quienes no tienen alternativas. El control del mercado por una empresa —o algunas— es nocivo. La configuración conocida como monopolio les permite a los monopolistas establecer precios de venta de manera indiscriminada, fijando un valor por encima de sus costos de producción.
El poder de los monopolios también se expresa en otras conductas que inevitablemente terminan por alterar el bienestar social. Pueden segmentar mercados y ofrecer sus productos específicamente en ciertas zonas o a determinados grupos de personas, limitando el acceso a los demás consumidores. Para perpetuarse, establecen barreras de entrada, evitando que nuevos actores ingresen a su mercado cautivo, lo cual les genera ganancias extraordinarias y les permite expandirse a otras industrias para replicar su poder económico.
Los monopolios pueden aparecer en cualquier sector y afectar a cualquiera, pero su impacto es devastador cuando golpea a quienes dependen de ciertos bienes. Basta con reflexionar en las consecuencias económicas, sociales y humanas de que se triplique el costo de un medicamento sin sustitutos, y que un grupo de pacientes lo requiera de manera permanente para sobrevivir.
Aunque los monopolios representan el extremo de los mercados poco competitivos, no son la única señal de alerta. La competencia puede deteriorarse de formas más sutiles: cuando cierran empresas y las opciones se concentran en menos manos, cuando la misma marca aparece en todas partes o cuando normalizamos que las compañías prioricen sus ganancias incluso a costa de los consumidores. Al igual que nuestra libertad económica, los entornos competitivos son dinámicos: pueden evolucionar hacia mercados abiertos o transformarse en espacios donde el poder de mercado dicta todas las reglas.
El gran reto es que la mayoría de las personas carece de mecanismos accesibles para defenderse. Esto no significa que en otras áreas de justicia haya soluciones mejores, pero considerando que el sistema económico se basa en la autorregulación de la oferta y la demanda, desde el origen no existen herramientas pensadas para corregir los desequilibrios del mercado.
En el caso de la competencia económica, solo la autoridad especializada puede investigar y sancionar prácticas anticompetitivas. Sin embargo, debe enfrentarse en tribunales especializados a grandes corporaciones que se defienden con todos sus recursos para evitar sanciones. Mientras tanto, los consumidores quedan desprotegidos bajo la lógica de maximizar el beneficio económico de las empresas.
El costo de las prácticas anticompetitivas recae principalmente en los consumidores, quienes además cuentan con escasos mecanismos para defenderse.
Como sociedad, debemos proteger nuestra libertad económica: nuestra capacidad de elegir y decidir. Una libertad que se materializa en más y mejores oportunidades para desarrollar ideas y proyectos; en mercados diversificados, donde los productores se esfuerzan por ofrecer los mejores bienes y servicios, y en consumidores informados, capaces de tomar decisiones con conocimiento de causa.
La competencia económica también puede ser motor de un crecimiento equitativo. Permite que las micro, pequeñas y medianas empresas (Pymes) coexistan con las grandes corporaciones; impulsa la innovación mediante productos diferenciados, y contribuye a romper las barreras regionales que limitan las oportunidades de desarrollo.
En este contexto, Surcos asume el compromiso de generar contenidos que inviten a reflexionar sobre el estado de nuestra libertad económica. Ofreceremos explicaciones claras, casos concretos, análisis sectoriales y ejemplos de la vida cotidiana que nos ayuden a identificar cuándo se agota la competencia y qué podemos hacer para preservarla. Queremos que todas las personas —sin importar su nivel de conocimiento técnico— tengan herramientas para reconocer el papel que juega la competencia en nuestras vidas y lo que significa ser realmente libres.
